Origen del fenómeno religioso
“No hay nada en la vida animal que introduzca la relación del amo con el mandado por él, nada que pueda establecer, de un lado, la autonomía y, de otro, la dependencia”. Las relaciones de autonomía o dependencia de los seres no ha sido impuesta en el aparecimiento de la realidad cósmica sino que esta circunscrita como una relación natural inmanente de dependencia entre los seres que la componen sea vegetal, natural, mineral, etc., cada ser esta “in situ” en torno a lo que le rodea y su relación y desarrollo se dan en ese mismo modo u orden, metafóricamente como el movimiento del “agua en el agua” como si nada sucediese.
Las relaciones de los seres a más de la dependencia, va desembocando en la supervivencia de cada uno de ellos, de servirse del otro, o parafraseando en “la ley del más fuerte” o, ya que hemos hablamos del agua “el pez grande se come al chico” hasta llegar a una relación de lo útil. En el orden de las relaciones de una continuidad aparente entre los seres que forman parte de este mundo y la multiplicidad de los mismos deriva también multiplicidad de relaciones, como el hombre con respecto al mundo donde en principio todo es continuo e inmanente pero que le hace conocer en otro grado a lo que le rodea por las distinciones que se da en cada uno de los ellos.
“Eso quiere decir, en otros términos, que no nos conocemos distinta y claramente más que el día en que nos percibimos desde fuera como otro” . Cuando el conocer ya no se muestra en la manera de que todo es continuo, uniforme y que es distinto, hay una forma de conocimiento que no es común a todos los seres, que hacen sobrepasar los límites de esa realidad finita para traspasar del uno y reconocer en ese uno, otro; eso implica que no se puede conocer así, situado en el mismo nivel en el que se mueven los seres del mundo, sino que debe moverse en otro estado que reclama un grado que lo trascienda. Y en ese ámbito de trascendencia se mueven seres de otra naturaleza que tienen características de orden divino, apareciendo en la realidad un tipo de ser que ya no se ve como los seres personales del mundo, como la planta, el animal, los astros, etc., sino que es un Ser Supremo, que en nada se compara con los del mundo real porque es distinto y dominante.
“El miedo de los hombres imaginó a los dioses” , ante esta afirmación propongo la argumentación de que los hombres desde sus orígenes conciben a su manera la idea de un “ser supremo” como seres destinados a cumplir funciones propias de estos, dependiendo de las características de sus manifestaciones y del espacio o geografía en donde lo han o se ha hecho reconocido y el ¿cómo lo han reconocido? pero, del que tienen presente su realidad, el poder con que actúa, su furia y castigo, su magnanimidad y bondad, en otra palabra su forma de “estar en el mundo”; puede que para algunos es suficiente esa idea y que según el proceso evolutivo de los hombres en el mundo, desechan a algunos de los seres supremos dominantes para relacionarse con otros de mayor jerarquía, el resultado se vislumbra en la cantidad de seres supremos o de “dioses” con que se relacionan como el dios o dioses de los primitivos, el de los judíos o cristianos, el de los orientales, etc., dioses como culturas las haya.
Por tanto, ¡que entre los seres del mundo se consideren diferencias! ¡bajo ningún concepto!, así el hombre para referirse al animal no lo puede cosificar, salvo que pretenda convertirlo en algo distinto para lo que no esta hecho su ser animal, en el mismo sentido si se lo aplica al hombre, quizá por eso no se entienda o se confunda en varias ocasiones el sentido primitivo de la caza de los animales por los hombres, ¿era realizada como forma de alimentación o era más bien con un sentido de conjugarse con el mundo que le rodea, en el que ambos existen y son en sí mismos? o el hecho de que nuestros incas lo llamen a su suelo la madre tierra, la Paccha mama.
Cuando el hombre experimenta esta disyuntiva en su ser, sabiéndose situado en una realidad mundana semejándose más a su naturaleza de corporalidad, se olvida o no tiene presente su ser en relación con los otros desde el punto de su “animalidad” en la inmanencia continua con las otras cosas en el mundo y, se cree ser superior, con poder “sobre”… y con el derecho de ser dominador y amo sobre lo dominado y propio, aniquilando el principio unificador para otorgarle una categoría de valor-producción con la consecuente mutación del orden animal y vegetal al de criadero y agrícola y el hombre de criador-domesticador y agricultor.
La regeneración del orden perdido al nuevo en el vínculo del hombre ya no sólo con su cosmogonía natural sino con sus dioses, está el sentimiento de autonomía o dependencia inmanente en el hombre, pero como éste respecto de su dios y como el animal para el hombre se sintió cosificado o útil, y al querer volver a lo que en principio era, que en el orden jerárquico es ser inferior, y no aceptando esta realidad y desprevenido del poder de los dioses, se revela; “Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal…Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y,…Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo, porque estoy desnudo; por eso me he escondido. Y lo echó Yahvé Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado.” (Génesis 2, 5.7ª.9.23)se gesta en el hombre una metamorfosis que le acarrea el sentimiento de culpabilidad y emprende la búsqueda por encontrar una forma de aplacarse él consigo mismo y con su dios o dioses y, lo encuentra.
En este contexto aparece el orden de los sacrificios, “se hacen las primicias de la cosecha o el sacrificio del ganado, para retirar del mundo de las cosas la planta y el animal, al mismo tiempo que el agricultor y el criador.” Empieza a surgir un tipo de ritos con los que se pretende recuperar todo el orden creado después del caos cósmico cuando se ha reinventado una realidad que no esta sujeta a la realidad inmanente originaria y para que se produzca esto debe destruirse en cierta manera el mundo discontinuo que no pertenece al continuo, no se pretende destruir a la -cosa- como tal como si ésta fuera la mala, sino al orden nuevo(erróneo) que se le ha cargado sobre ella.
En las sociedades antiguas, el papel del sistema ideológico lo desempeñaban los sistemas mágico – religiosos, que determinaban y regían las actividades sociales e individuales…el hecho de que los primeros testimonios de las observaciones astronómicas y el computo de tiempo basado en ellas, proceden del mismo periodo que los primeros datos acerca de la existencia de un sistema mágico – religioso estructurado; o sea el Paleolítico superior”
Con este entorno del hombre-naturaleza, se pone en evidencia en el hombre un orden que de por sí es inmanente en él, el sagrado; una experiencia de lo humano y de la vida misma que le sobrepasa porque está por encima de él y a la cual no puede dominar. Esta característica es puntual de los pueblos primitivos cuya mentalidad y socialización se refleja en la impregnación de la experiencia sacra con la naturaleza dando como resultado un sincretismo que el hombre la siente como parte de sí mismo es decir, ambos se mueven en un espacio sagrado.
Resulta entonces claro que se vincule al espacio sagrado con la vida religiosa y al espacio secular con lo profano como su opuesto, este es un rasgo común para intentar definir el fenómeno religioso si es que esto se puede hacer porque más que un hecho conceptual, es una experiencia de sentido, aunque al decir esto lo estoy delimitando, dependerá entonces de la experiencia personal de cada ser que se introduzca en este ámbito sagrado para vivenciar la unión con lo sacro, lo espiritual, lo misteriosos; intentar poner nombre a esta experiencia es intentar nombrar lo innombrable, prueba de esta experiencia sagrada y de este hecho en especial lo tiene el cristianismo en el relato del libro del Éxodo con la Revelación del nombre divino “Contestó Moisés a Dios:“Si voy a los israelitas y les digo: ´ El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’; y ellos me preguntan: ‘¿Cuál es su nombre?´, ¿qué les responderé?” Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy.”… (Éxodo 3, 14a)
El hombre ante la pregunta sobre el misterio de ser existente en la tierra se ve afectado en su ser cognoscente, sensible y espiritual y al intentar dar respuesta se plantea hipótesis de pensamiento ideológico, materialista, metafísico y de fe, de los que todos son embebidos en su esencia por el orden religioso, no desde la visión del dogma cristiano sino desde la visión del pensamiento (del griego re-ligare: unido a) que nos subyuga a pensar de nuestra condición de seres creados de alguien o aparecidos de algo o de algún lugar, para seguir mostrándonos nuestra dependencia y la necesidad de estar unido a lo “otro” en tanto ser semejante, material, o no semejante, distante e inmaterial, sin importar del orden situado de cada uno respecto a la visión o pensar de la presencia de seres o dioses intangibles, en definitiva del fenómeno religioso y lo que le atañe.